7.3.13

Prólogo a los Idus de Marzo o de Veinticinco Velitas



Llevo 3 meses sin rasurarme. Una incipiente barba y bigote mal delineados a causa del descuido es mi regalo de cumpleaños. A las tres de la mañana de este viernes, el tiempo habrá dejado escurrir las arenas correspondientes a un cuarto de siglo, cinco lustros, nueve mil días observables para el fisco: habré cumplido 25 años.

Es tiempo en que mi mamá orgullosamente aprovecharía para contar hasta al señor que vende naranjas de forma ambulante cómo es que este feto de 730 grs que, como bienvenida al mundo, gritara sin llorar un martes por la noche, ha logrado cumplir un año más de vida, mientras que en mis adentros se va haciendo más profunda la cicatriz que deja la pregunta que me hago desde que salí de la Universidad: “¿Y qué he hecho?”. Podría decir que España era ya casi mi casa, que dejé casa con miedo acariciando un incierto e inconcluso porvenir, que trabajé por encontrar un trabajo (hermosa retórica), entrando más cargado de lo que salía de las entrevistas, pues traía un costal a cuestas lleno de “¿Y si ahora sí lo consigo?”, para terminar dejando todo las emociones mutadas en palabras, intentando demostrar quién soy.

Diría que recibir un “gracias” dicho con entusiasmo es la más agradable sensación que uno pudiera sentir tras pasar dos horas con desconocidos abriéndoles los ojos a un mundo de posibilidades, enfatizándolos a volar (quizá porque yo no he podido volar tan alto como quisiese); que me enamoré y me desenamoré traumáticamente en un mes y que aún así el volver a hacerlo no es imposible, pero sí difícil, pues representa depositar confianza total en alguien más desconocido que conocido, implicando hacer cosas que ni uno mismo sabía que podía hacer, que algún día se atrevería a hacer; que sé lo que es tocar fondo y salir a flote con mayores expectativas y que relativamente, un año se fue sin que me diera cuenta (no tengo noción de que pasó en 2011).

Gritaría que el trabajo dignifica, pero dignifica más no permitir ser envuelto en un mundo de conformismo generado por una exigencia malsana por cumplir un objetivo económico. Diría tantas cosas y otras tantas me guardaría, quedándome al final con las manos juntas, semivacías, siendo más la culpa del no hacer que el recuento de los logros, a mi crítica forma de ver, mediocres: la misma inconformidad que me alienta es la que me enferma, presente siempre, constante, inquietante.
“¿Qué he hecho?” Esa pregunta que en meses pasados durante el tiempo en que estuve sereno recostado estuvo siempre presente, incluso en los desvelos cuando caprichosamente mi cuerpo exteriorizaba todo lo que sentía y no podía decir, sudando frustración mientras me hacía amigo del dolor, habiendo ocasiones en las que cerraba los ojos con tanta fuerza y oprimía los puños pidiendo ya no despertar. En otras tantas, dormía agotado y feliz con manchas de pintura en todo el cuerpo diciéndome que todo puede mejorar: la incongruencia era mi amiga.

Han sido tiempos de cambios, cambios importantes y verdaderos y de intentos infructíferos por mejorar otras tantas, pues no todo son arcoíris y mariposas y cosas bonitas. Cosas bonitas, de esas han llegado muchas a mí, sin querer, y estoy agradecido. Agradecer, dar gracias por las cosas que están y por aquellas que decidieron irse, por esas que al llegar, se han mantenido incólumes, sin mancha pese a la fuerte marea de calamidades y sinsabores que debieran ser míos nada más. Dar gracias por las oportunidades, por los implícitos “Creo en ti” que me llegan de lunes a jueves y me incitan a hacer más cosas, por mí, por los demás.

El que haya cumplido veinticinco años no es un reclamo a la vida diciéndole con puño al aire “¿Porqué no me has permitido ser?” “¿Qué quieres de mí?”, en un recordatorio que ella misma me da como madre en forma de caricia cálida que interpreto como “Eres más de lo que eres ahora. Las cosas suceden y están con la intención de alentarte a mejorar” y al mismo tiempo hoscamente me empuja hacia adelante como el padre de ceño fruncido que dice “Toma decisiones”. Y así, erráticamente como en un desplante de locura, planeo, pienso, fantaseo, platico, lloro, grito, todo al mismo tiempo, escribo en estos vientos de Marzo ondeando una varita que cada vez va definiéndose más, oscureciéndose y detallándose con cada año que pasa, y por eso, por mí y por ustedes, por nosotros, doy gracias.