Llevo 3 meses sin rasurarme. Una incipiente
barba y bigote mal delineados a causa del descuido es mi regalo de cumpleaños.
A las tres de la mañana de este viernes, el tiempo habrá dejado escurrir las
arenas correspondientes a un cuarto de siglo, cinco lustros, nueve mil días
observables para el fisco: habré cumplido 25 años.
Es tiempo en que mi mamá orgullosamente
aprovecharía para contar hasta al señor que vende naranjas de forma ambulante cómo
es que este feto de 730 grs que, como bienvenida al mundo, gritara sin llorar
un martes por la noche, ha logrado cumplir un año más de vida, mientras que en
mis adentros se va haciendo más profunda la cicatriz que deja la pregunta que
me hago desde que salí de la Universidad: “¿Y qué he hecho?”. Podría decir que España
era ya casi mi casa, que dejé casa con miedo acariciando un incierto e
inconcluso porvenir, que trabajé por encontrar un trabajo (hermosa retórica),
entrando más cargado de lo que salía de las entrevistas, pues traía un costal a
cuestas lleno de “¿Y si ahora sí lo consigo?”, para terminar dejando todo las
emociones mutadas en palabras, intentando demostrar quién soy.
Diría que recibir un “gracias”
dicho con entusiasmo es la más agradable sensación que uno pudiera sentir tras
pasar dos horas con desconocidos abriéndoles los ojos a un mundo de
posibilidades, enfatizándolos a volar (quizá porque yo no he podido volar tan
alto como quisiese); que me enamoré y me desenamoré traumáticamente en un mes y
que aún así el volver a hacerlo no es imposible, pero sí difícil, pues
representa depositar confianza total en alguien más desconocido que conocido,
implicando hacer cosas que ni uno mismo sabía que podía hacer, que algún día se
atrevería a hacer; que sé lo que es tocar fondo y salir a flote con mayores
expectativas y que relativamente, un año se fue sin que me diera cuenta (no
tengo noción de que pasó en 2011).
Gritaría que el trabajo
dignifica, pero dignifica más no permitir ser envuelto en un mundo de
conformismo generado por una exigencia malsana por cumplir un objetivo
económico. Diría tantas cosas y otras tantas me guardaría, quedándome al final
con las manos juntas, semivacías, siendo más la culpa del no hacer que el
recuento de los logros, a mi crítica forma de ver, mediocres: la misma
inconformidad que me alienta es la que me enferma, presente siempre, constante,
inquietante.
“¿Qué he hecho?” Esa pregunta que
en meses pasados durante el tiempo en que estuve sereno recostado estuvo
siempre presente, incluso en los desvelos cuando caprichosamente mi cuerpo
exteriorizaba todo lo que sentía y no podía decir, sudando frustración mientras
me hacía amigo del dolor, habiendo ocasiones en las que cerraba los ojos con
tanta fuerza y oprimía los puños pidiendo ya no despertar. En otras tantas, dormía
agotado y feliz con manchas de pintura en todo el cuerpo diciéndome que todo
puede mejorar: la incongruencia era mi amiga.
Han sido tiempos de cambios,
cambios importantes y verdaderos y de intentos infructíferos por mejorar otras
tantas, pues no todo son arcoíris y mariposas y cosas bonitas. Cosas bonitas,
de esas han llegado muchas a mí, sin querer, y estoy agradecido. Agradecer, dar
gracias por las cosas que están y por aquellas que decidieron irse, por esas
que al llegar, se han mantenido incólumes, sin mancha pese a la fuerte marea de
calamidades y sinsabores que debieran ser míos nada más. Dar gracias por las
oportunidades, por los implícitos “Creo en ti” que me llegan de lunes a jueves
y me incitan a hacer más cosas, por mí, por los demás.
El que haya cumplido veinticinco
años no es un reclamo a la vida diciéndole con puño al aire “¿Porqué no me has
permitido ser?” “¿Qué quieres de mí?”, en un recordatorio que ella misma me da como
madre en forma de caricia cálida que interpreto como “Eres más de lo que eres
ahora. Las cosas suceden y están con la intención de alentarte a mejorar” y al
mismo tiempo hoscamente me empuja hacia adelante como el padre de ceño fruncido
que dice “Toma decisiones”. Y así, erráticamente como en un desplante de
locura, planeo, pienso, fantaseo, platico, lloro, grito, todo al mismo tiempo,
escribo en estos vientos de Marzo ondeando una varita que cada vez va definiéndose
más, oscureciéndose y detallándose con cada año que pasa, y por eso, por mí y
por ustedes, por nosotros, doy gracias.