Acabo de romper una figura de cerámica que mi madre orgullosa lucía en el juguetero del estudio. Se ha caído cuando he pasado torpemente la mano por encima de una familia de patitos, mamá pata y sus cuatro hijos, quienes ahora yacen, en pedazos, en el suelo. Mamá pata quedó sin cabeza, mientras que el pato mediano quedó destrozado. Al más chico, quien iba en sentido contrario hacia los demás, le falta la cola. Ha habido tantos “accidentes” en la casa en los últimos días, que ya no sé si culpar a mi torpeza innata o a la vaguedad de atención ante las cosas. Muchos de mis juguetes están así también, rotos, incompletos. Se me han caído, los he pisado, los he maniobrado de más, siempre “por accidente”.
Ahora, al recoger a la familia de patitos del suelo, me he hecho una herida en el dedo anular de la mano derecha, no me he dado cuenta hasta que percibí el olor a sangre. Las manos me tiemblan. De súbito recuerdo cuando de pequeño tantas cosas caían de mis manos, o tropezaba yo con ellas, siempre con el mismo resultado: fragmentos de antigua historia y anhelos dispersos en el suelo, o con algo de suerte, sólo una abolladura. -“Una vida de remiendos”- dice mi mamá mientras me observa tembloroso buscando la cabeza de la Señora Pata con una cara no sé si de tristeza o de pena. No aparece. Sigo agachado en el suelo juntando tantos fragmentos encuentro, hasta el más pequeño con la intención de volverlos a juntar, de tratar que todo quede bien, que termino juntando pedacitos de polvo pensando que es alguna parte de la figurita que se ha escapado. Quiero llorar, la cabeza de Mamá Pata sigue sin aparecer pese a que meto mis manos desesperados bajo el librero tratando de encontrarla, ¡DEBO ENCONTRARLA!
¿Me voy a atrever a dejar a los patitos sin su mamá? ¿Quién les va a decir que todo estará bien y que pronto lucirán de nuevo tan radiantes y coloridos como lo hicieran por primera vez en ese mismo juguetero hace más de diez años? -“¿No aparece?”- mamá habla con un aire de tristeza –”Déjalo así, ya aparecerá”- añade al tiempo que voy levantándome del piso. No voy a poder contener las lágrimas. Es ahí cuando la veo, en un rincón entre los libros amalgamados al polvo apilado que esperan ser puestos en su lugar, y pareciera que su mirada no es la misma, está fría, gris. Como si de verdad se hubiera muerto, quizá porque ha perdido a sus hijitos. Y mientras junto todos los pedazos, la tristeza se vuelve enojo y me hace gritar hacia mis adentros, en un aire de reclamo “¡Ya no! ¡Ya no quiero romper nada más!”