Querida:
La casa de al
lado por fin se ha rentado. Pasaron meses desde los últimos inquilinos antes de
que siquiera alguien se interesara en depositar sus sueños en un espacio de
“interés social”. Lo que apenas hace unas semanas era un frente enyerbado y
descuidado poco a poco se ha estado rejuveneciendo en la entrada de un hogar
¡hasta tumbaron el árbol del patio de atrás del que recuerdo alguna vez te
conté a manera de queja! Las cosas para la recién llegada familia empiezan a
tomar forma, ¡cuántas ilusiones pasaron hace unas noches por esa puerta
mientras intentaban meter el refrigerador!
Tienen un niño -o
una niña, aún no sé- pero he visto anteanoche mientras regaba el jardín unas
cajas de juguetes en la entrada, pues aún no ponen cortinas. ¿Serán como
nosotros que en algún momento buscábamos cualquier detalle para adornar juntos?
Esto es lo que sé hasta ahora de ellos: Los papás, la familia de él, viven a
tres casas de aquí, con ellos está también una hermana menor. Seguramente su
mamá fue quién dio con el anuncio y no dudó en avisar a la incipiente familia
de su hijo: la fortuna de la libertad en un hogar propio pero sin estar lejos
de quienes han sido su soporte en todo momento.
Esa idea me inquieta, me hace cuestionar
mis dotes como futuro papá, tú sabes que no quiero incurrir en las mismas omisiones
en las que cayó el mío: quiero que TB lo tenga todo, pero que también sepa lo
que es no tener nada. Quiero que en su momento vuele tan alto que al caer se
rompa las alas y, antes de volver a su propio refugio, vuelva a nosotros con la
certeza de que jamás diremos que no. ¡Qué nervios! Hoy precisamente vi a sus
papás, a los de él –a ella aún no la veo- con un pequeño escritorio en la
entrada de la casa, lo trajeron arrastrando, no puse atención a lo que decían
pero seguramente están igual de emocionados que los recién mudados.
¿Cómo están las
cosas allá? ¿Todavía hace frío? ¿Resolviste el problema de las goteras? Acá en
una noche de viento se ha volado el bote de la basura y el plomero sigue sin
venir a revisar la fuga del fregadero. Soy un desastre cuándo no estoy contigo,
pero igual me reconforta saber al menos que tú también me extrañas porque la
ropa no sale igual de la lavadora. Ese es mi secreto, que la ropa huela bonito
para que con cada respiro te acuerdes de mí, así es cómo te mantengo enamorada…
ese no es ningún secreto.
Iré a dormir, son
las once (acaba de pasar el tren) y además me estoy quedando sin batería. Hace
calor. Te extraño. Prometo escribirte pronto nuevamente.
J.
PD. ¡Me acaba de caer el veinte de que se acabaron las funciones
de cine en casa hasta entrada la madrugada con la llegada de nuevos vecinos!
PD 2. Hoy se acabó el Goober que compré antes de que te fueras.
Sí, el frasco grande. Prometo no comprar otro hasta tu regreso.